Otro cuento…
Por María Isabel Soldevila
Santo agarró el colín. Tenía hambre, costumbre perversa de su estómago que ya no se iba nunca. Las tres chatas de
Palo Viejo le anestesiaban las articulaciones. Santo miró el hierro frío, tan frío como lo permiten los 37 grados con humedad intensa de esa mitad de Caribe que no era la suya. Miró el colín afilado y pensó en Elsí. Ese cuerpo triste y negro que ya no le alumbraba la noche. Miró el colín y la vio peinándose las greñas en el espejo perdido que sigue vacío frente al catre.
Santo agarró el colín y se lo metió en el pantalón. Los ojos enrojecidos no le dejaban sentir el hambre ni el roce insinuante del mango contra su séptima costilla. “Maldita mujer, ni mía ni de nadie. Maldita mujer”. Hijo de Candelo, Santo se amarró el pañuelo rojo belicoso que Elsí le dejó bien planchado detrás de las tres cajas de madera carcomida que les servían de gavetero. Lo guardaba con yerbabuena cerca, para que el sudor de los ratones no lo preñara de mierda.
Santo caminó por la pocilga vacía y, endemoniado como iba, miraba a Elsí en todas las cosas. Dijeron los vecinos del batey Encarnación que llevaba el diablo puro en los ojos. Aunque nadie pudo mirarlo de cerca. Sus pies, descalzos con la cachaza dura y cuarteada, rodaban como las patas de los potros del Apocalipsis. Dijeron los vecinos que iba hablando solo y que del pañuelo rojo belicoso salían señales de humo. “Maldita mujer, mía o muerta”.
Hace seis días que Elsí se desvaneció como una ensoñación. Tan flaca estaba que muchos llegaron a pensar que se la había llevado el viento anunciado de una tormenta caprichosa que se hizo agua en otra parte y no mojó más que el lado lleno de la media cama vacía de Santo.
Dijeron los vecinos que Elsí se cansó del hambre. Yo no creo que alguien se canse de lo único que conoce. Tanta hambre tanto tiempo se pega en la piel. De hecho, por una foto de carné, vi que Elsí tenía ese color cenizo que da la falta de proteínas. Y los ojos lejanos del que lleva más de una década llorando sin lágrimas. Tenía detrás de la oreja la sombra de un golpe mortal que no la mató. Cuando Santo era Candelo y ella no era suya por falta de ganas y de fuerza, el mapa que trazaba en su cuerpo se perdía de cruces y manchas, incongruentes para el lego más blanco que negro. Para Santo-Candelo, Elsí era el altar viviente. Era la muerte y la vida.
“Seis días de mucho y malo ron y poca y mala comida lo pusieron como loco”, dijeron los vecinos. Yo creo que lo mucho y lo malo fue el sudor solitario que se le subió al cerebro. Santo llenó la cama dos días y se le montaron alacranes en la sábana raída. Sin Elsí no había vela prendida, no había piso de tierra, no había té de jengibre, no había rezo callado, no había risa sin dientes. Sin Elsí no había vida ni muerte. “Maldita muerta Elsí. Muerta mía, viva de nadie”.
Llevaba tres kilómetros sin darse cuenta que había pisado los vidrios que el gagá de anoche dejó esparcidos por el suelo de la enramada. No le dolía el hambre vieja ni el pañuelo lleno de orines de rata. No le dolía la caricia del colín en el muslo duro, recio. Le dolía el hoyo que Elsí le había dejado en el medio del pecho, en un sitio que nunca se le había vaciado cuando ella estaba cerca.
Caminaba mirando hacia abajo. El piso estaba más lejos de la cuenta y le costaba no caerse. Olió a sangre de pollo y supo que estaba cerca de la carretera. Era domingo, y de la gallera le llegaban los olores de los hombres. Grajo, sed, testosterona. Romo de caña y gargantas torcidas. Olor a pesos viejos y a deudas eternas. Había pelea, dijeron los vecinos, pero Santo no se dio cuenta. Se miró los pies y vio que ahí también había sangre. Pero no le dolía nada. El cuarto palo viejo le anestesiaba el dolor de la carne pero no el del centro del pecho vacío que hace seis días no lo dejaba dormir… ni joder.
En el otro lado del mundo, a tres guaguas y dos motores, Elsí salía del baño. Jugaba con media pasta de jabón de cuaba y respiraba con un silbido que tenía seis meses acompañándola. Ya no le molestaba. Igual que el hambre, todo es cuestión de costumbre. Pero cuando había día de tormenta, y de tormenta hembra, se ponía en el pecho un pañuelo blanco cruzado para aguantar la flema. Iba para misa con su hermana Fantine, Claribel le decían ahora; la había convencido de que con Dios el dolor del pecho le dolería menos. Y que el dolor de Santo se iría al carajo. Elsí no se lo creía, pero no estaba de más rezar dos veces y esperar que los seis días tranquila fueran seis meses, seis años, seis vidas.
No le gustaba la casa de Claribel, pero no le importaba demasiado. Tantos años sin gusto y con el vientre seco la habían hecho dura. Eso a pesar de que se veía como una aparición, así con el paño blanco cruzado en el pecho y las zapatillas sin tacón y la falda larga de flores negras. Parecía de luto. Sólo le faltaba una mantilla como la noche y un aguacero en la mirada. Pero hace más de diez años que sus ojos lejanos no lloraban agua.
Con la punta de esos dedos delgados de pianista tocó la punta de la botella de pachulí. Detrás de la sombra de la oreja derecha y detrás de la izquierda. Una gota exacta en cada una. Elsí podía haber sido laboratorista química. Su cuerpo entero era balanza y probeta. Nunca se le botaba agua de un jarrón, medía con una mano exactamente la misma cantidad de arroz todos los días y podía, al ojo, sacar de un pote de salsa tres cucharadas.
La hermana la apuraba. Eran las nueve de la mañana y la misa de 10 empezaba puntual en esa iglesia. Claribel se la pasó la mañana entera cantando como una posesa de luz y a Elsí eso la tenía aburrida. Hubiera preferido dormir, como hacía en el batey los domingos. Santo se iba a la gallera y, por seis horas, tenía tiempo para ella. Cuando no dormía, se metía al río a lavarse las greñas. No había peligro de hombres: todos estaban borrachos o en camino de eso. Era el día de las hormonas masculinas y la paz femenina. Hasta las seis de la tarde, cuando llegaban con Candelo encima y se creían muy machos.
Pero había decidido ir a rezar. Cogió la Biblia vieja de Claribel. Quiso cargarla ella en señal de buena fe. Todavía les quedaba una hora de camino y, aunque no sabía leer, iba mirando las letras para no tener que oír a la hermana. “La prefería cuando era puta”, pensó Elsí, con los ojos posados en el tercer capítulo del Eclesiastés: “hay un tiempo para nacer, y un tiempo para morir”.
Del batey Encarnación a la iglesia de la Santísima Resurrección había dos horas y seis minutos de camino. Tiempo justo para el quinto Palo Viejo y la señal de la cruz que tres veces le salió en el camino. Tres cruces, dos ladrones y El Bueno. Muerte segura. La realidad siempre supera la ficción y eso Santo nunca lo había oído.
Elsí estaba a una cuadra de la iglesia de la Santísima Resurrección. Santo a una guagua del descanso, del fin del dolor del pecho. Se miró las manos vacías y se rió como un loco. No tenía nada. Nada que ganar, nada que perder, nada que vivir. Pero pronto tendría a Elsí. Se tocó el bolsillo contrario al costado del colín. Seguía en su sitio. Todo bien.
Entre dormida y harta, Elsí se tambaleaba en el banco de la Santísima Resurrección. Pensaba en Santo, que nunca había sido ni bueno ni malo. Pensaba en sus seis días de paz. En sus seis días sin él. De repente, un calor se le pegó en la sombra del lado derecho de la oreja. Ahí donde le dio el golpe mortal que no la mató. Era el calor del aliento a Palo Viejo de Santo. Cerró los ojos y se resignó. Miró, sin abrirlos, al Este y al Oeste, al Norte y al Sur. Se vio en el espejo vacío frente al catre. En la lámina distorsionante del colín. Abrió los ojos lejanos del hambre eterna y no lo vio. Pero sabía que había ido a buscarla.
Elsí apretó la Biblia como asiéndose a lo inevitable. Miró con fuerza las letras como si a fuerza de mirar pudiera comenzar a leer: “hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir…”
La puerta de la Santísima Resurrección se abrió con un trueno despistado de tormenta hembra. Elsí no tuvo que mirar a ningún lado. Santo, que tuvo tiempo para seis Palo Viejo, sudaba alcohol por las venas y lloraba rabia por la boca. A Elsí le llegó el olor a yerbabuena del pañuelo y se le paralizó el pecho y la flema de seis meses. El colín nació. Santo no sintió la caricia del hierro, pero el calor de su sangre le rodaba por la pierna derecha. La vio sin mirar. Voló, sí, voló, porque lo que Santo ¿era Santo? hizo no fue caminar, y el machete cayó justo en el cuello de Elsí. En el lado claro de su oreja clara, el izquierdo. Candelo no es zurdo como Santo, aunque a veces sí.
El tercer capítulo de Eclesiastés se tiñó de rojo, Claribel se tiñó de rojo, el pañuelo rojo belicoso se tiñó de rojo, la Santísima Resurrección se encarnó y se tiñó de rojo. Y se rompió el silencio de tormenta caprichosa y se abrió el cielo y se partieron los mares. Los mares rojos, los mares de Santo, los mares de Elsí, el colín, el colín, el colín, la caricia fría, “maldita mía, muerta, Elsí, mía…”. El colín, el colín, la sangre, la Biblia, hay un tiempo, hay un tiempo, hay un tiempo para nacer, para matar, para nacer, para morir…
Y la realidad se burló otra vez de la ficción. Santo se buscó el bolsillo izquierdo. La fundita negra seguía en su sitio. Sacó el polvo y cerró esos ojos suyos que tenían vida propia. Tragó en el seco alcoholado de su garganta. Corrió Candelo y se quedó Santo pensando en cómo limpiarían mañana el mar de amor que habían dejado en la Santísima Resurrección. Corrió Candelo y se llevó de encuentro un carro, veneno, colín, carro, muerte… Corrió Santo y no se encontró. Hay un tiempo, hay un tiempo, un tiempo para vivir. Y la realidad se burló otra vez de la ficción.
En el batey todavía lo cuentan con fascinación. Me dijo una doñita diminuta, una pasa con falda y sonrisa postiza, que a pesar del racumín y las contusiones que le provocó el choque con un carro del concho, Santo y, lo que es mejor aún, Elsí, se recuperaron satisfactoriamente en una de esas salas inenarrables del hospital Darío Contreras (antesala del infierno) de esta Capital de las mil maravillas.

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